La toma de Constantinopla

Hoy es 29 de mayo, hace 557 años que cayó/fue conquistada (depende del punto de vista) Constantinopla. Para conmemorarlo, reproduzco textualmente la entrada sobre este tema del blog Desde Estambul a Bilbao vengo por toda la orilla. Currada, fresca, documentada, no podría hacerla mejor.

Carta de Constantino XI a Mehmet II

“Ya que has optado por la guerra y no puedo persuadirte con juramentos ni con palabras halagüeñas, haz lo que quieras; en cuanto a mí, me refugio en Dios y si está en su voluntad darte esta ciudad, ¿quién podrá oponerse?… Yo, desde este momento, he cerrado las puertas de la ciudad y protegeré a sus habitantes en la medida de lo posible; tú ejerces tu poder oprimiendo pero llegará el día en que el Buen Juez dicte a ambos, a mí y a ti, la justa sentencia.”

Con estas poco halagüeñas palabras se preparaba Constantino XI Paleólogo de Bizancio para la guerra. Y no era para menos, un imperio completamente devaluado y anquilosado, basado en idearios feudales, frente al fresco y moderno Imperio Otomano. Cuando aquel 29 de mayo de 1453 los turcos entraron en Constantinopla, el Mundo Antiguo desapareció para siempre, los últimos restos del Imperio Romano de Oriente caían en manos del “infiel”. Y por extensión, la Europa medieval tembló y se originó una revolución que llevó, entre otras cosas, al Renacimiento y al Descubrimiento de América.

Esto desde el lado europeo. Por su parte, los turcos otomanos añoraban la ciudad. La belleza que observaban desde el otro lado del Bósforo, su amor por la cultura clásica y el sueño de extender el İslam a las ciudades “santas” de Europa (Constantinopla y Roma), les llevaron a luchar pacientemente por la conquista de la ciudad, mejor dicho, La Ciudad. Fueron capaces de esperar su momento, de dejar que la manzana se pudriese sola para simplemente darle una patada al árbol y dejarla caer, aunque la fruta en realidad resistiese hasta la muerte como ninguna otra civilización en la Historia.

La historia de la ciudad es fascinante desde su fundación misma como colonia griega en el 667 aC, pero como podeis comprender es bastante complicado y extenso contar los 2120 años previos a la llegada de los turcos. El relato es medianamente fácil de encontrar en libros y documentos en la web, por lo que al que le interese puede buscarlo. Pero antes, un resumen de la situación de Constantinopla en aquel emocionante 1453…

La ciudad en 1453

Siempre se ha dicho que Constantinopla era la ciudad más bella de la Edad Media, los relatos de los viajeros hablan de su esplendor y su lujo, la belleza de sus palacios e iglesias, las hermosas calles y los importantes puertos de mar. Sin embargo, esas mismas historias empezaron a convertirse en tristes crónicas de casas ruinosas, calles desiertas, barrios destruidos, abandono, suciedad, pobreza y muerte.

Los terrenos baldíos y los edificios en ruinas eran las estrellas de la nueva ciudad, ya que donde habían vivido más de medio millon de almas, después de hambrunas y la peste de 1448, quedaban apenas apenas 40.000, dando lugar al triste abandono de gran cantidad de barrios que antes eran populosos y bulliciosos y donde ahora solo vivía el recuerdo de lo que había sido una urbe maravillosa.

A todo esto se sumó que durante todo el año de 1453 se impuso por parte de los otomanos un bloqueo que limitó el abastecimiento de Constantinopla, mediante las fortalezas Rumeli Hisarı y Anadolu Hisarı que controlaban el paso de los barcos desde el Mar Negro (recordemos que el Mármara ya era por completo un mar otomano). Por lo tanto, elementos tan indispensables para la vida de una ciudad como comida, bebida y ropa, eran muy difíciles de conseguir.

En pleno centro de la ciudad había terrenos cultivados para la subsistencia de los ciudadanos, granjas levantadas entre los edificios públicos y e iglesias importantes como Santa Sofía. Escombros por toda la ciudad, los edificios viniéndose abajo constantemente, barrios enteros en ruinas… los terrenos que se podían limpiar se aprovechaban como pequeños huertos de cultivo para paliar el hambre.

Los pocos bizantinos habitantes de Constantinopla en 1453 eran absolutamente miserables, vestían lo que podían encontrar, la indigencia era ya una costumbre. La población solamente podía alcanzar cierta dignidad si eran cambistas o escribanos, y la mayoría se dedicaba a la pesca, a ofrecer servicios como marineros o a ser pequeños comerciantes, mucho más pequeños si se los compara con los comerciantes genoveses de Pera, al norte del Cuerno de Oro. La corte estaba en la miseria total, por lo que los potentados, los nobles, los aristócratas, que los había en el país, y muy ricos, escaparon de la ciudad ya desde mitad del siglo XIV, o poco después.

Era por lo tanto Constantinopla una ciudad abandonada a su suerte por propios y extraños, donde los bizantinos que la habitaban soportaban estoicamente a los genoveses, venecianos o pisanos, que eran los dueños de todo lo que podía dar un cierto bienestar, y a los turcos que los bloqueaban e impedían la salida o la entrada a la ciudad de las mercancías, el dinero o de las personas que deseaban hacerlo.

Situación Político-Religiosa

El cisma entre las Iglesias católicas Romana y Ortodoxa en el año 1054 había mantenido a Constantinopla distante de las naciones occidentales e, incluso durante los asedios de los turcos musulmanes, no había conseguido más que indiferencia de Roma y sus aliados. En un último intento de aproximación, teniendo en vista la constante amenaza turca, el emperador Juan VIII Paleólogo (1392–1448) promovió un concilio en Italia, donde se resolvieron rápidamente las diferencias entre las dos confesiones.

Pero esta aproximación provocó tumultos entre la población bizantina, dividida entre los que rechazaban a la iglesia romana y los que apoyaban la maniobra política de Juan VIII. El emperador murió en 1448 y su hermano Constantino XI (1405-1453) asumió el trono. Era una figura popular, que había peleado en la resistencia bizantina en el Peloponeso frente al ejército otomano. Intentó seguir la línea de su hermano y predecesor en la conciliación de las iglesias oriental y occidental, lo que causaba desconfianza no sólo entre el clero bizantino sino también en el sultán Murat II, que veía esta alianza como una amenaza de intervención de las potencias occidentales en la resistencia a su expansión en Europa.

En el año 1451 murió en Sultán Murat II, siendo sucedido por su hijo Mehmet II (1432-1481). Inicialmente, Mehmet prometió no violar el territorio bizantino. Esto unido a que en 1452 se realizó la union formal de las iglesias de oriente y occidente en Santa Sofía, dió fuerzas al Emperador Constantino XI para exigir el pago de una renta anual para la manutención de un oscuro príncipe otomano, mantenido como rehén, en Constantinopla. Furioso, más por el ultraje que por la amenaza a su pariente en sí, Mehmet II ordenó los preparativos para un asedio completo a la capital bizantina.

A pesar de la angustia y los males que soportaban, así como la firme amenaza de la invasión turca, los ciudadanos de Constantinopla no aceptaron la unión de las iglesias y los fieles seguían concurriendo a los templos en los cuales se realizaba el rito bizantino como la tradición lo determinaba. Eran parte de un pueblo aferrado firmemente a sus creencias y convicciones, seguros de que su dios les salvaría de la derrota.

Con esa arrogancia típica de un imperio a punto de desaparecer, esperaban a los turcos con un cierto optimismo basado en su fe religiosa, con el corazón hinchado por ser los últimos ciudadanos de la ciudad más hermosa y poderosa creada por el hombre, Dios no podía abandonarles, no ante los infieles musulmanes.

Defensas de Constantinopla

Esa fe bizantina no era únicamente de índole religiosa. La ciudad había resistido numerosos asedios a lo largo de la historia, aprovechándose de su privilegiada situación geográfica habían creado una barrera defensiva infranqueable hasta la fecha. Porque si las fortalezas otomanas eran magníficas, no sería justo olvidar las murallas de Constantinopla, las cuales eran una de las obras de ingeniería militar más importantes del mundo, ya que seguían en pie y con utilidad después de más de mil años.

Lo primero que los invasores se encontrarían si atacasen por tierra son las murallas de Teodosio II (408-450). El trabajo comenzó en el año 412, y se terminó en el 447. Las murallas terrestres tenían más de seis kilómetros de longitud. Comenzaban en la costa del Mar de Mármara, formando una especie de curva, y terminaban en el Cuerno de Oro.

Nada más llegar, el enemigo tendría que atravesara el amplio foso parapetado de cerca de 20 metros de ancho, tras el cual se situaba una franja de 15 metros de ancho que lo separaba de una primera línea de murallas. Es muralla exterior tenía 2 metros de espesor y 8 metros de alto, con más de 80 torres estratégicamente colocadas.

En caso de que las fuerzas de ataque tuvieran la inmensa fortuna y la suficiente fuerza para atravesar la primer muralla, se encontraban luego con el peor de los infiernos, un “pasillo” libre de aproximadamente unos 18 metros tras el cual los esperaba un muro aún más temible de 5 metros de ancho y 13 de altura, con alrededor de 100 torres de hasta 15 metros de altura desde las cuales los defensores dominanban este pasillo con doble intención, ya era de fácil tránsito para los “amigos” en dirección hacia la muralla exterior, pero mortal para el enemigo que intentase entrar en la ciudad.

Respecto a la defensa marítima se construyeron murallas costeras enormemente eficaces, de menor envergadura, ya que eran alrededor de 13 kilómetros de un muro único de 12 metros de alto, pero con la inmensa ayuda de la inaccesibilidad gracias a la presencia del mar y de la flota, y defendido por unas 300 torres. Esto se complementaba con una inmensa cadena entre ambos lados del Cuerno de Oro que cerraba el paso a todo barco que intentase acceder al mismo.


Así pues se puede entender la perdurabilidad de Constantinopla a lo largo del tiempo y a pesar de su evidente decadencia. El problema es que el mundo evolucionaba velozmente, y con ello las técnicas de guerra, como por ejemplo el uso de artillería pesada, ante la cual las murallas poco tenían que hacer. Así, los otomanos eran famosos por dos elementos: la fuerza de los jenízaros, el primer ejército “profesional” conocido desde la época de los romanos, y la capacidad logística de sus militares, la cual fue exhibida con tremenda eficacia durante el asedio con el movimiento magistral de sus unidades militares.

Tambores de guerra

Las cartas estaban sobre la mesa, y ambas partes sabían el resultado final de antemano, si acaso ignoraban el tiempo y el número de bajas que iba a costarle a los turcos su plan conquistador. Los bizantinos, con el apoyo de las naciones occidentales, pidieron refuerzos que consiguieron. Tres navíos genoveses contratados por el Papa estaban en camino con armas y provisiones, también había enviado al cardenal Isidro, con 300 arqueros napolitanos como su guardia personal. Los venecianos enviaron a mediados de 1453 un refuerzo de 800 soldados y 15 navíos con pertrechos, mientras que los ciudadanos venecianos residentes en Constantinopla aceptaron participar de las defensas de la ciudad.

La ciudad de Pera, al norte del Cuerno de Oro y de importancia capital para la defensa, se declaró neutral, siendo consciente de lo que el futuro deparaba y abandonándo a Constantinopla a su suerte. No obstante los bizantinos recibieron refuerzos de los genoveses renegados en Pera, entre los cuales estaba su capitán Giovanni Giustiniani Longo, quien se encargaría de las defensas de la muralla este, y 700 soldados.

El citado aspirante al trono de los otomanos recluido desde su infancia en Constantinopla, el príncipe Orján, por cuyo mantenimiento Constantino pidió un “sueldo” que desencadenó la ira del Sultan Mehmet II, se ofreció para participar de la defensa con una pequeña cantidad de soldados leales. También participó un grupo de marineros catalanes liderados por Peré Juliá, que se organizaron en las murallas marítimas del Mármara.

Se aprestaron a la defensa con barriles de fuego griego, armas de fuego, y todos los hombres y jóvenes capaces de empuñar una espada o un arco. Para esa época Constantino XI Paleólogo había hecho un censo en la ciudad para ver las fuerzas disponibles para la defensa de Constantinopla. El resultado fue decepcionante: la población total apenas llegaba los 50.000 habitantes y apenas había entre 5.000 a 7.000 soldados para la defensa.

Los otomanos por su parte, iniciaron el cerco construyendo rápidamente una nueva muralla alrededor de Anadolu Hisarı, al tiempo que se levantó en la orilla opuesta la Rumeli Hisarı, controlando absolutamente el paso de los barcos, ahogando a Constantinopla e impidiendo la llegada de los refuerzos genoveses desde sus colonias en el Mar Negro. Ver las  fortalezas otomanas en el Bósforo.

Frente al paupérrimo grupo defensor, Mehmet reunió un ejército estimado en 100.000 soldados, 80.000 de los cuales eran combatientes turcos profesionales; los demás, reclutas capturados, mercenarios, aventureros, voluntarios de Anatolia y renegados cristianos (los cuales serían empleados en los asaltos directos). 12.000 de estos soldados eran jenízaros (infantería) y 15.000 sipahi (caballería), la élite del ejército otomano.

Sumando a esta masa ingente de atacantes, el Imperio Otomano constaba con un nuevo artilugio bélico inédito hasta entonces. Un ingeniero de artillería húngaro llamado Urbano que trabajó la instalación de los cañones de Rumeli Hisarı, diseñó un inmenso cañón de nueve metros de longitud: la Gran Bombarda, el cual tuvo el honor de iniciar los combates. El mayor logro fue mover la pesada unidad de artillería hasta la muralla defensiva de Teodisiosmediante varios cientos de bueyes que lo empujaron auxiliados por un contingente de 100 hombres a la velocidad de 2 km por día.

A todos estos se les añaden todos aquellos que animaban a la batalla con sus tambores y trompetas y que se contaban por miles, no cesando de tocar en ninguno de los momentos del asedio, creándo una estampa de ejército terrible al que las defensas bizantinas no le afectaban en absoluto. Además contaban con el apoyo de los derviches que incitaban a destruir la ciudad, e incentivados por el Sultán que prometió a sus hombres tres días de pillaje y botín, además de asegurar que aquel que coronara primero la muralla sería nombrado Bey (gobernador) de una de las provincias conquistadas al Imperio Bizantino.

Asedio a Constantinopla

El 2 de abril de 1453 los primeros destacamentos turcos llegaban cerca de la ciudad, que ya estaba preparada y abastecida al máximo. El Cuerno de Oro estaba protegido con la famosa cadena que el genovés Bartolomeo Soligo había colocado por orden del Emperador, y los puentes que unían norte y sur del Cuerno de Oro estaban destruidos. El foso que bordea la ciudad preparado y con las murallas en perfecto estado.

Que la moral de los defensores era alta al comienzo de las acciones lo demuestra el hecho de que algunos destacamentos de los defensores hacían salidas fuera del recinto de la ciudad para agredir a los turcos, pero luego de que se demostró que semejante táctica no llevaba a nada por la enorme superioridad numérica de los sitiadores y se hacía peligrosa por la pérdida del elemento sorpresa.

El 5 de abril llegan los cuerpos principales del ejército turco, comandados por el mismísimo Sultán, que al día siguiente se ubica en su tienda de campaña, cerca del río Lico. El 6 de abril, una vez mostrada toda su fuerza, Mehmet envió mediante sus embajadores un ultimátum a Constantino, el cual rechazó de plano.

El sitio comenzó oficialmente el 7 de abril de 1453 cuando la Gran Bombarda, situada cerca de la puerta de San Romano, disparó el primer tiro en dirección al valle que forma el río Lico penetrando en Constantinopla por una depresión bajo la muralla. El muro defensivo, hasta entonces imbatido en aquel punto, no había sido construido para soportar ataques de artillería, y en menos de una semana comenzó a ceder, pese a ser la mejor arma contra los otomanos.

Las enormes piezas de artillería puestas en juego por Mehmet II jugaron una carta fundamental a favor de los asaltantes, ya que con los formidables proyectiles empleaban una táctica de tiro muy eficaz, disparando a la base de las murallas hasta obtener un boquete de varios metros, y luego afinando el tiro en una línea vertical que así al unirse con la abertura de la base provocaba el derrumbamiento de una buena parte del muro, y obligaba a concurrir allí a todo un destacamento para luchar y a muchos hombres para reconstruir el agujero.

Todos los días, al anochecer, los bizantinos se escabullían fuera de la ciudad para reparar los daños causados por el cañón con sacos y barriles de arena, piedras despedazadas de la propia muralla y empalizadas de madera, mientras que las torres los defendían con sus arqueros mediante lanzamientos de flechas y con ballesteros de dardos. Los otomanos evitaron el ataque por la costa, puesto que las murallas estaban reforzadas por torres con cañones y artilleros que podrían destruir toda la flota en poco tiempo. Por eso, el ataque inicial se restringió casi solamente a un frente, lo que facilitó tiempo y mano de obra suficientes a los bizantinos para soportar el asedio.

Bogando en tierra

Al comienzo del cerco, los bizantinos consiguieron dos victorias alentadoras. El 12 de abril, el almirante búlgaro al servicio del sultán Suleimaniye Baltoğlu fue rechazado por la armada bizantina al intentar forzar el pasaje por el Cuerno de Oro (igualmente rechazado 3 días antes en el mismo lugar). Seis días después, el Sultán intentó un ataque a la muralla dañada en el valle del Lico, pero fue derrotado por un contingente menor, aunque mejor armado, de bizantinos, al mando de Giustiniani.

El 20 de abril los bizantinos avistaron los navíos enviados por el Papa, además de otro navío griego con grano y alimento de Sicilia, que llegaron desde el Mar Egeo atravesando el bloqueo de Çanakkale (Dardanelos). El almirante Baltoğlu intentó interceptar los navíos cristianos, pero abandonó su propósito al ver que su flota podía ser destruida por los ataques de fuego griego arrojado sobre sus embarcaciones, más pequeñas que las de la flota cristiana. Los navíos llegaron con éxito al Cuerno de Oro ante la mirada enojada del Sultán y la alegría de los defensores de Constantinopla. Baltoğlu, que acabó malherido después de la batalla, fue humillado públicamente y ejecutado por el Sultán; su puesto lo tomó Hamza Bey.

Uno de los puntos fuertes del ejército otomano, era su increíble capacidad logística. Así, el 21 de abril, el Sultán asestó un golpe estratégico en las defensas bizantinas con la ayuda de la gran maniobra ideada por su general Zaganos Paşa. Imposibilitados para atravesar la cadena que cerraba el Cuerno de Oro, se construyó un camino de madera de plataforma rodante, que rodeaba Pera por el norte. Por esta vía terrestre de 12 km los navíos otomanos podrían ser empujados desde el Bósforo al Cuerno de Oro, evitando la barrera que suponía la gran cadena.

El día 24 de abril comenzaron a llegar los barcos turcos al Cuerno de Oro, hasta un total de 70 que suponían más del doble de los defensores de esa zona, atrapándoles entre el fuego de artillería desde la costa norte del Cuerno de Oro y los temibles “barcos anfibio”. No es dificil imaginar cómo se derrumbó la moral bizantina cuando vieron semejante procesión de buques otomanos apareciendo por tierra. Se dice que tenían las velas extendidas, los soldados en sus puestos, la artilleria preparada y los remeros bogando en el aire, en una muestra de su terrible poder.


Con los navíos posicionados en un nuevo frente, los bizantinos no tendrían recursos para reparar después sus murallas al norte. Sin elección, se vieron forzados a contraatacar. El 25 de abril diseñaron un asalto sorpresa a los turcos en el Cuerno de Oro, con la intención de incendiar los barcos, pero el plan fracasó estrepitosamente. Se intentó 3 días después, el 28 de abril, pero fueron descubiertos por espías y ejecutados delante de las murallas de Constantinopla. Los bizantinos, entonces, decapitaron a 260 turcos cautivos y arrojaron sus cuerpos sobre las murallas del puerto; ya no habría vuelta atrás en la escala de agresiones.

Doble frente

Bombardeados diariamente en dos frentes, la mano de obra estaba sobrecargada, los soldados cansados y los recursos comenzaban a escasear. De igual forma se producían permanentes incendios por los bombardeos que sufría la ciudad cuando Mehmet mandaba a sus cañones que sobrepasaran la muralla, alcanzando el interior de la ciudad. Los defensores corrían allí donde se los necesitara para sofocar cada uno de ellos, y despejar las calles de escombros, minando aún más los reducidos recursos humanos de los bizantinos.

Ya en los primeros días de mayo los allegados al Emperador le indicaron que debería huir de la ciudad, porque, afirmaban, seguramente sería más útil desde Morea contraatacando junto a sus hermanos y uniendo fuerzas rebeldes en los Balcanes, que encerrado entre esas murallas donde el peligro de la muerte lo acechaba día a día. Constantino no quiso oír hablar de ello, resignándose a su suerte junto a los pobladores de Constantinopla.

En esos días también la Gran Bombarda resultó dañada, por lo que el bombardeo disminuyó un poco. Mehmet no quería intentar un asalto sin contar con el inestimable apoyo de su artillería al completo, así que Constantinopla vivió una semana de “tranquilidad”, si la comparamos con el brutal asedio acaecido hasta entonces..

Constantinopla raramente era atacada por los soldados turcos, pero el 6 de mayo cuando el gran cañón volvió a la actividad, se reinició el intenso bombardeo que mejoraba su efectividad día a día. Es entonces cuando al día siguiente el Sultán intentó un ataque al valle del Lico, que fue repelido a duras penas. Al final del mismo día, los otomanos comenzaron a mover una gran torre de asedio, pero durante la noche los soldados bizantinos consiguieron destruirla.

Los turcos también intentaron abrir túneles por debajo de las murallas, pero los griegos cavaban del lado interno y atacaban de sorpresa con fuego o agua. Con los impactos de artillería de los cañones las murallas sufrían grandes brechas por donde penetraban los jenízaros, que para salvar los fosos se dedicaban a recoger ramas, toneles, además de los bloques de piedra de las murallas derruidas, para rellenar los fosos y poder penetrar para luchar cuerpo a cuerpo con los bizantinos.

Entre el mar y la tierra

El 9 de mayo los venecianos que comandaban la flota en el Cuerno de Oro, ante la sombría perspectiva que les esperaba en ese brazo de mar, decidieron anclar su flota y trasladar a sus marineros a defender el sector de murallas de las Blaquernas, que había sufrido graves daños debido al cañoneo; esta decisión fue muy mal tomada por la tripulación, pero se avinieron a obedecer. No obstante, consiguieron evitar la enbestida que el Sultán organizó el 12 de mayo en ese mismo sector.


El 13 de mayo los turcos vuelven a atacar, pero después de encarnizados combates son rechazados nuevamente, con lo cual el Sultán comienza a darse cuenta de que en el único lugar en el que tiene ciertas posibilidades es el valle del río Lico. Sin embargo, la preocupación por tener dos sectores de murallas afectados y por haber abandonado prácticamente la lucha en el Cuerno de Oro hacía que el ánimo del Emperador y de sus colaboradores se ensombreciera cada vez más.

El 14 de mayo Mehmet resuelve insistir en su posición y trasladar más baterías de cañones al sector de las Blaquernas, decidido a debilitar cada vez más esa parte de la muralla; los días 15 y 16 de mayo el bombardeo a ese barrio fue infernal, pero sin embargo el mismo Sultán pudo comprobar que no había sido lo suficientemente efectivo, con lo cual decidió por fin llevar los cañones frente al río.

El mismo 16 de mayo la flota turca trató de superar la gran cadena sin poder lograrlo, volviendo a sus ubicaciones anteriores. También el 16, los bizantinos descubrieron que las murallas de Blaquernas, a la altura de la puerta Caligaria, estaban siendo minadas por los zapadores serbios al servicio del sultán. Un notable de la ciudad, el megaduque Lucas Notaras, con la colaboración del ingeniero inglés John Grant, volaron el túnel de los serbios con todos dentro; los días siguientes siguieron destruyendo las minas de los serbios, a veces las inundaban, a veces las quemaban, las volaban e incluso las llenaban de humo para hacer huir al enemigo.

La cadena que cerraba el Cuerno de Oro

El 18 de mayo los otomanos desplazaron una nueva torre móvil de asalto a las murallas de Teodosio. Esta fortificación sobre ruedas recubierta de pieles y provista de escalas, tenía la misión de defender a los soldados que trataban de llenar el foso de tierra y escombros; sin dudas el plan era lograr aplanar un terraplén sobre la fosa para trasladar la torre hacia las murallas y facilitar el asalto; sin embargo, esa noche los bizantinos enviaron un contingente que consiguió trasladar barriles de pólvora hacia la torre y hacerla explotar.

El 21 de mayo nuevamente la flota de Hamza Bey trató de doblegar a la gran cadena. Esta vez fue un movimiento espectacular al son de las trompetas y los tambores, y con la participación de una enorme cantidad de barcos que recorrieron la cadena de un lado a otro; la ciudad estaba realmente alarmada, pero nuevamente desistieron y volvieron a sus puestos originales.


El 23 de mayo los mineros de Notaras y Grant capturaron a bastantes zapadores que intentaban hacer progresar una mina en el sector de las Blaquernas, y entre ellos se hallaba un oficial otomano que después de sufrir torturas confesó todos y cada uno de los lugares donde estaban trabajando bajo las murallas; los bizantinos desarticularon todos los artefactos; fue una enorme victoria de los bizantinos, que eliminaban la constante preocupación por esta forma de ataque.

El mismo 23 de mayo Constantino recibió una embajada de Mehmet II comandada por İsmail, príncipe de Sinope; se les perdonaría la vida a todos si se rendían, pero el emperador se negó a negociar la ciudad, aunque ante la insistencia de İsmail, que tenía amigos entre los griegos y les recomendaba de buena fé su rendición. İsmail regresó con un emisario bizantino para negociar con el Sultán, que volvió con la propuesta de una paz comprada, y la promesa de poder bajo el yugo otomano para Constantino, algo absolutamente imposible de cumplir. Tras este rechazo y ante la impaciencia que empezaba a reinar en el ejército turco, Mehmet se vió obligado a preparar un ataque definitivo.

La evidencia del fin

Fue también a partir de ese día 23 cuando comenzaron los malos presagios y la evidencia del fin para Constantinopla. El 3 de mayo un barco imperial “disfrazado” de galera turca había escapado del asedio en busca de la escuadra que había sido pedida a los venecianos. El mismo 23 regresó con muy malas noticias: ninguna flota vendría en su apoyo. El barco imperial volvió para servir al Emperador hasta la muerte, éste se echó a llorar visiblemente emocionado por el gesto y por la enorme impotencia ante su situación.

El 24 de mayo corrió la voz por toda la ciudad sobre la segura falta de refuerzos de occidente; ahora todos sabían que estaban solos en la lucha y que dependían únicamente de sus propias fuerzas, que ya estaban al límite del agotamiento total. Esa noche se produjo el plenilunio, momento en el que la luna pasa de creciente a menguante; los habitantes de la ciudad recordaron con terror una profecía de la antigua Bizancio (nombre de la ciudad como colonia griega, antes del Imperio Romano) según la cual la ciudad jamás caería en manos enemigas mientras estuviera en cuarto creciente.

Así pues, bajo esas circunstancias cundió el pánico, multiplicándose las procesiones al día siguiente. Durante una de ellas, un icono de la Virgen María cayó al suelo, justo en ese instante una tempestad de lluvia y granizo inundó las calles. Todos estos malos presagios añadidos a que los navíos prometidos por los venecianos nunca llegarían acabó con la resistencia mental de la ciudad.

Los notables más cercanos al emperador le rogaron nuevamente que tratara de marcharse y que iniciara una revuelta desde fuera de la ciudad, pero fue imposible persuadirlo, porque Constantino ya había aceptado su destino y sabía que lucharía hasta la muerte dentro de esas murallas, y probablemente muy dentro de su alma tuviera todavía la esperanza de que Cristo y la Virgen acudieran en su auxilio en el último momento.

De todas formas, los otomanos tampoco las tenían todas consigo. No podían creer que pese a sus esfuerzos no hubieran conseguido hacer entrar un solo soldado en la ciudad, la flota no estaba siendo útil, sus zapadores eran permanentemente descubiertos, las enormes torres de asalto eran incendiadas, no conseguían construir puentes sobre el foso y cada ataque había sido rechazado invariablemente; la única satisfacción de los turcos habían sido sus cañones, que habían debilitado bastante a las murallas, especialmente en la zona del río.

El 26 de mayo Mehmet llamó a su plana mayor; su ánimo no era el mejor; sin embargo, salvo el visir Halil, que había sido un partidario de dejar tranquilos a los griegos, todos sus oficiales y estrategas lo alentaron para que siguiera con el sitio. Finalmente el Sultán ordenó que se iniciasen los preparativos para un asalto en el que movilizaría a todas sus fuerzas.

El asalto final

Mehmet ordenó que las tropas descansasen el día 28 de mayo para prepararse para el asalto final el día siguiente, ya que sus astrólogos le habían profetizado que el día 29 sería un día nefasto para los infieles. Por primera vez en casi dos meses, no se oyó el ruido de los cañones ni de las tropas en movimiento. Para romper el silencio y levantar la moral en el momento decisivo, todas las iglesias de Constantinopla tocaron sus campanas durante todo el día. El Emperador y el todo el pueblo, independientemente de su orientacion cristiana, rezaron juntos en Santa Sofía por última vez, antes de ocupar sus puestos para resistir el último envite, que se produjo antes del amanecer.

Al rededor de la 1 de la madrugada del día 29 de mayo de 1453, aprovechándose del brillo lunar, Mehmet lanzó un ataque total a las murallas, concentrando el ataque en el valle del Lico con una unidad de asalto compuesta principalmente por mercenarios y prisioneros. Era un grupo bastante heterogéneo y poco organizado de soldados peleando únicamente por la paga, sin otra motivación superior. Esto les convertía en inefectivos y con poco interés, aunque si alguno intentaba dejar el campo de batalla, sabía que por detrás tenía a los soldados otomanos dispuestos a castigar severamente la deserción.

Durante dos horas, el contingente principal de mercenarios europeos fue repelido por los soldados bizantinos bajo el mando de Giustiniani, provistos de mejores armas y armaduras y protegidos por las murallas. Pero la intención del Sultán en ese primer momento era más cansar a las tropas defensoras que asaltar la ciudad, así, después de esas dos horas de constante ataque, los guerreros bizantinos tendrían ahora que afrontar al ejército regular de 80.000 turcos.

Sin descanso posible, Mehmet lanzó un segundo asalto, aterrador por su inusitada violencia y por la cantidad de soldados que participaban, esta vez procedentes del temible cuerpo de ejército de los anatolios, soldados regulares turcos de religión islámica que deseaban ser los primeros en entrar en la ciudad; estos sí que se lanzaron al ataque disciplinadamente, pero aunque eran muchos y bien armados fueron contenidos una y otra vez.

Fue entonces cuando poco antes del amanecer, las tropas anatolias se retiraron haciendo espacio para la Gran Bombarda, que abrió una brecha en la muralla por la cual los turcos concentraron su ataque. Constantino en persona coordinó una cadena humana que mantuvo a los turcos ocupados mientras la muralla era reparada. En el día más largo de la Historia para los bizantinos, los defensores creían que solamente debían contener este ataque sin medir sus esfuerzos para que la moral turca se desmoronase, tal vez para siempre.

Pero Mehmet II tenía una carta reservada para este último instante, la cual utilizó como buen estratega que era, en el momento justo: los jenízaros, cuerpo de élite cuyos soldados estaban descansados, excelentemente entrenados y muy bien pertrechados. Avanzaban a paso redoblado, codo a codo, con decisión y coraje. Los proyectiles que se lanzaban desde las murallas los hacían caer uno a uno, pero los muertos y heridos eran inmediatamente reemplazados con otro integrante que tomaba su lugar. Avanzaron sin desesperación, ordenados y confiados en su victoria final.

La moral de los defensores todavía estaba alta a pesar del cansancio, pero pronto se vieron seriamente comprometidos. Los temerarios jenízaros intentaban trepar la muralla con escaleras y los bizantinos las tiraban una tras otra, pero éstas volvían a levantarse inmediatamente; cada soldado otomano muerto o malherido era reemplazado instantáneamente. Así durante más de una hora en la que los jenízaros todavía no habían conseguido entrar en la ciudad.

Pero fue en ese momento cuando el comandante Giustiniani fue herido y evacuado apresuradamente hacia un navío. Constantino, avisado inmediatamente del hecho, fue hacia él y lo quiso convencer de que no abandonase la ciudad, pero el genovés habría intuido la gravedad del asunto y se mantuvo firme en su intención de retirarse para ser atendido. Fue así como el resto de soldados genoveses se desmoralizaron y desertaron de sus puestos en la muralla, justo en el preciso momento en que más arreciaban las fuerzas de los jenízaros.

Con los ataques concentrados en el valle del río Lico, los bizantinos cometieron la imprudencia de dejar una pequeña puerta de la muralla noroeste semiabierta. Esta abertura (llamada la Kerkaporta) era una vieja vía de escape de emergencia semi tapiada y oculta, desde la cual los bizantinos habían lanzado sus primeros ataques sorpresa a los ejércitos otomanos situados al exterior de las murallas. Finalmente un destacamento jenízaro penetró por allí, probablemente siguiendo a un irresponsable grupo de bizantinos que habían salido para dar un golpe fugaz, e invadió el espacio entre las murallas externa e interna.

Fueron muchos los jenízaros que murieron en el foso antes de entrar, muchos más los que calleron por la lluvia de flechas una vez en el espacio intermedio. Pero con esa fé en la victoria y convencimiento de que la muerte es un medio para conseguirla, el ejército otoman siguió insistiendo hasta que finalmente tomaron la torre defensiva más cercana e izaron en ella la bandera turca para desconcierto total de los defensores de la Puerta Militar de San Romano (en valle del Licos), donde se encontraba luchando el Emperador, y para satisfacción de los otomanos que todavía luchaban por entrar en la ciudad.

Cualquier defensor de la ciudad que hubiese visto la bandera de la media luna sobre las torres más cercanas al palacio del Emperador y mucho más sin la presencia de éste y de sus lugartenientes, habría pensando que ya era inútil su tarea. El caso es que los soldados bizantinos comenzaron una huida desordenada que los dejó expuestos a las arremetidas jenízaras. De la misma forma, en su retirada, los mismos soldados del sector entre muros abrieron algunas de las puertas menores de la muralla interior para salvarse de la masacre, dando vía libre a las oleadas del ejército turco para que entrasen definitivamente en Constantinopla.

Constantino se acercó rápidamente a esta zona de la muralla junto a su primo Teófilo. Al ser conscientes de la derrota inminente, el Emperador se quitó sus insignias y se arrojó a la batalla junto con los últimos defensores y desapareció para siempre. La muerte de Constantino XI es una de las leyendas más famosas del asalto, ya que el Emperador luchó hasta su última gota de sangre en las murallas (se dice que mató a la hiperbólica cifra de 600 asaltantes) tal y como había prometido a Mehmet II. Giustiniani también moriría más tarde, a causa de las heridas, en la isla griega de Quíos, donde se encontraba anclada la prometida escuadra veneciana a la espera de vientos favorables.

La Constantinopla otomana

Los combates en las calles fueron efectuados barrio a barrio, algunos ofrecieron gran resistencia pero en otros no era posible por la falta de los hombres y las armas que estaban concentrados en las murallas. Debido a la confusión muchos ciudadanos huían desesperados, por lo que el ejército otomano ocupó la ciudad rápidamente, abriendo puerta tras puerta en las murallas para que más y más turcos penetraran en Constantinopla. Sólamente unos pocos habitantes, especialmente los italianos que sabían bien donde estaban los barcos de sus compatriotas, lograron salvarse huyendo en las naves venecianas.

Se estaba consumado uno de los hechos históricos más trascendentales de la Humanidad, uno de esos sucesos imortalizados por la importancia que tiene en sí mismo y por las consecuencias que acarrearía para el futuro del mundo. Era el final de una civilización única, romana, helénica y cristiana, que jamás volvería a resurgir. Y de la misma manera el final de la Edad Media en Europa, con la cristiandad aterrorizada ante el inmenso triunfo del Islam.

Mehmet II entró en la ciudad por la tarde, junto a sus generales Zaganos Paşa y Mahmut Paşa. Había prometido a sus hombres un saqueo de 3 días, pero impidió que tocaran Santa Sofía y ofreció a todos sus habitantes quedarse en sus casas con sus bienes. El contingente bizantino recibió autorización para residir en la ciudad bajo la autoridad de un nuevo patriarca, el teólogo Jorge Scolarios, que adoptó el nombre de Genadio II, designado por el propio Sultán para asegurarse de que no habría revueltas.

La ciudad que estaba previamente en un estado ruinoso, no fue una fuente de botines excesivamente interesante, ya que tras la invasión latina entre 1204 y 1261 no quedaban demasiados de sus tesoros y joyas. Lo más preciado que tenía Constantinopla eran sus iglesias, sus monasterios y sus palacios… los que se mantenían en pie.

Finalmente Mehmet, maravillado por su belleza, convirtió Santa Sofía, la mas preciada joya de la cristiandad, en mezquita. Y la ciudad, desde entonces en manos turcas, fue rebautizada como İstanbul, del griego clásico eis tên Polin (pronunciado IS TIN MBOLI, “en la ciudad”), y pasó a ser la capital del Imperio Otomano, que desde aquí llegaría hasta las mismas puertas de Viena.

Implicaciones históricas

La caída de Constantinopla causó una gran conmoción en Occidente, se creía que era el principio del fin del cristianismo. Los cronistas de la época confiaban en la resistencia de las murallas y creían imposible que los turcos pudiesen superarlas. Se llegaron a iniciar conversaciones para formar una nueva cruzada que liberase Constantinopla del yugo turco, pero ninguna nación pudo ceder tropas en aquel tiempo.

Los mismos genoveses se apresuraron a presentar sus respetos al Sultán y así pudieron mantener sus negocios en Pera por algún tiempo. Con Constantinopla, y por ende el Bósforo bajo dominio musulmán, el comercio entre Europa y Asia declinó súbitamente. Ni por tierra ni por mar los mercaderes cristianos conseguirían pasaje para las rutas que llevaban a la India y a China, de donde provenían las especias usadas para conservar los alimentos, además de artículos de lujo, y hacia donde se destinaban sus mercancías más valiosas.

De esta manera, las naciones europeas iniciaron proyectos para el establecimiento de rutas comerciales alternativas. Portugueses y castellanos aprovecharon su posición geográfica junto al Océano Atlántico para tratar de llegar a la India por mar. Los portugueses intentaron alcanzar Asia circunnavegando África, intento que culminó con el viaje de Vasco da Gama entre 1497-1498. En cuanto a Castilla, los Reyes Católicos financiaron la expedición del navegante Cristóbal Colón, quien veía una posibilidad de llegar a Asia por el oeste, a través del Océano Atlántico, intento que culminó en 1492 con el arribo a América, dando inicio al proceso de ocupación del Nuevo Mundo. Los dos países, otrora sin mucha expresión en el escenario político europeo, ocupados como habían estado en la Reconquista, se convirtieron en el siglo XVI en las naciones más poderosas, estableciendo un nuevo orden mundial.

Otra importante consecuencia de la caída de Constantinopla fue la huida de numerosos sabios griegos a las cortes italianas de la época, lo que auspició en gran medida el fin de la Edad Media y el inicio del Renacimiento. De esta manera los sistemas feudales imperantes en la época y que el moderno modelo otomano había dejado en evidencia, dando paso a una nueva forma de gestionar los recursos propios, saliendo poco a poco de la oscuridad medieval.

Sobre el destino de Constantino XI Paleólogo se sabe poco a ciencia cierta. Una leyenda dice que un ángel lo salvó en el último instante. También se dice que se identificó su cadáver por los botines que llevaba, de un color púrpura únicamente destinado a la ropa del Emperador. Desde aquí los relatos se dividen. Los hay que dicen que el Sultán enterró el cuerpo con todos los honores, quedándose su cabeza como “trofeo”, y los hay quienes cuentan que fue exhibido en lo alto de la Columna de Constantino del Hipódromo como burla y mofa. También se cuenta que lo enterraron en una fosa común para evitar que las naciones cristianas acudieran a su tumba como peregrinaje. Los griegos aún sueñan con la reconquista de Constantinopla, de hecho la figura de Constantino fue un símbolo durante la Guerra de Independencia griega, y se dice que “un Constantino creo Bizancio, un Constantino la perdió y un Constantino la recuperará”.

Para Oriente, la conquista (que no caída) de Constantinopla supuso la culminación de un sueño musulmán, el de poseer para la causa islámica a las ciudades más importantes del cristianismo. Jerusalen era suya, y desde ahora Constantinopla. Ya sólo faltaba Roma. Esto fue un importante aliento, y la constatación de los otomanos como líderes naturales de la religión de Mahoma, que abrieron un fuerte expansionismo hacia tierra “infiel”, llegando a las puertas de Viena, y con todos los Balcanes desde Grecia hasta el Danubio bajo su dominio.

Otra consecuencia fueron los nuevos aires frescos para la ciudad, el antro en el que se había convertido la vieja y castigada Constantinopla se convirtió en una ciudad de la luz a la llegada de los turcos otomanos. Reconstruyeron palacios, rediseñaron las calles, adaptaron las iglesias abandonadas en mezquitas… Inventaron una nueva y flamante capital para su imperio, convirtiendo a la nueva İstanbul en un ejemplo de modernidad y exquisitez. Más que acabar con la ciudad, la resucitaron de una muerte segura.

2 Respuestas a “La toma de Constantinopla

  1. Pingback: Murallas marítimas y murallas terrestres « Y de postre: Estambul!!

  2. MUY BUEN MATERIAL, TE FELICITO!
    MUCHAS GRACIAS !

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